S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

CUENTOS DE LA SERIE: ¡BIENVENIDOS IDIOTAS!

1

AL DIABLO CON TODO.

De Honorio.

¡Al  diablo con todo!

Me sudan los huevos.

¡Al  diablo con todo!

Me la traen floja.

(Estribillo para cantar a grito pelado)

 No diré que hiciera un día estupendo pues el cielo estaba nublado, el ambiente algo azufrado y las aceras con su habitual pátina de porquería. Además, así son casi todos los días de  esta ciudad. Hacía tiempo ya que los comercios habían abierto. El Sol se encontraba cerca de su cenit. Las furgonetas entorpecían la circulación con su carga y descarga. Un gato tomaba el solecito en un alero y de los balcones goteaba la ropa recién tendida. Un cartero pitaba con fuerza en un portal. Calle Magdalena abajo venía un señor de aspecto corriente. Con pasos decididos y gestos normales, es decir de flaqueza y dolor. Y digo de aspecto corriente a pesar de que el mencionado individuo portaba con todo descaro un aparente embudo en la cabeza. Ha leído usted bien.

—¡Tut, tut! —venía diciendo el hombre del embudo en la cabeza.

—¡Tut, tut! —insistió. Y le hizo una pedorreta a una señora entrada en... (cortés omisión).

—Gracias. Buenos días —dijo ésta, sonriente, loca por un rollo.

Un paisano de otra cosa llegó corriendo. Tropezó y dio varios tumbos antes de aterrizar sobre el pavimento.

—¡Jesús, María y José!! —Exclamó la señora entrada en.

—¡Arriba madrugadores! —dijo el hombre del embudo en la cabeza ayudando al caído.

—¿Pero dónde iba tan de prisa? —le interpeló la señora entrada en.

—¡Dónde quiere que vaya! —contestó el caído que ya se había levantado y tenía un tono que no admitía réplica. Parecía echarles la culpa de su trastazo.

—¡Humm! —se dijo el hombre del embudo en la cabeza recogiendo el sombrero del caído—. ¡Bonito tirolés! —y lo admiró con envidia mientras le sacudía el polvo.

—Gracias —masculló su propietario. Llevaba un bigote finamente recortado, de los de funcionario franquista, y una pelusa se le había colgado de sus pelos ya canosos.

—¿Ocurre algo?

La pregunta la hacía un guardia municipal. Había dejado el tráfico a su albedrío y el pito le bamboleaba entre los botones de la guerrera.

—¿Ocurre...? —quiso repetir el guardia, pero al ver al hombre del embudo en la cabeza, abrió los ojos incrédulo. 

—¿Qué hace usted con un embudo en la cabeza? —y el guardia puso su voz más grave.

—No creo que sean maneras —le respondió el interfecto. 

—Desde luego —corroboró la señora entrada en.

—¡Déjeme ver! —insistió el urbano, y fue a echarle mano al artefacto.

—¡No toque este embudo! —rugió el hombre del ídem.

El guardia respiró aliviado.

—¡Fiuu! —silbó—. ¡Menos mal!, creí que no sabía lo que era.

—¿Por qué supone eso?

—No se... —le respondió—. Como en los tebeos lo llevan los...

La señora entrada en meneó la cabeza con censura. Señor, señor... El Hombre del trastazo se sacudía el abrigo loden y al hacerlo enseñaba por lo sobacos un jersey a cuadros.

—Aquí no ocurre nada —dijo—. He tropezado, eso es todo.

Se habían acercado varios curiosos. ¿Qué pasa...?, preguntó un último recién llegado. ¡Un loco! —le dijeron por lo bajini.

—¡Vamos, vamos! —pidió el urbano—. No pasa nada, ya lo han oído.

—¡Don Felipe! —terció uno de los curiosos reconociendo a su jefe en el señor del loden.

—Hola, Don Nuño —musitó el aludido sonrojándose.

—¿Le ha ocurrido algo?, ¿le ha molestado el loco? —preguntó Don Nuño siempre dispuesto a hacer la pelotilla.

—¿Qué loco? —inquirió la señora entrada en.

—No está loco —aclaró el guardia municipal—. Es un excéntrico.

—¡Oiga usted! —clamó el hombre del embudo.

—Ya me dirá... —siguió el urbano—. ¡Con eso en la cabeza! —y le dio al embudo una tobita que sonó a lata.

Por toda respuesta, el hombre del embudo le tiró del pito al guardia.

—¡Quietecitas las manos! —se enfadó el municipal—. ¡Tengamos la fiesta en paz!

—¡Pero leche! —se sorprendió Don Felipe.

Los mirones tenían división de opiniones. Un joven de cazadora de cuero hizo un gesto obsceno a espaldas del guardia. Don Nuño lo vio.

—¡Habrase visto! —murmuró indignado dudando si dar el chivatazo.

—Venga, circulen... —pidió el municipal con cierta consideración. 

—¡Tut, tut! —gritó el hombre del embudo.

Los curiosos rieron, incluso Don Nuño. ¡Es inofensivo!, se decían.

—¡Marcha para el cuerpo! —dijo el joven de la cazadora, y torció la boca dejando ver unos dientes demasiado blancos y perfectos para ser de Vallecas.

—¿Se está usted cachondeando de mí? —le preguntó el guardia al hombre del embudo arrastrando las palabras por encima del barboquejo.

—Nada de eso —respondió éste—, simplemente silbo por el embudo.

—¡Pero si lo tiene en la cabeza, hombre de dios! —le señaló la señora entrada en.

—Es que se me gasta —le confesó.

—¡Demasiado! —exclamó el joven—. ¡Cómo mola tu perola! —y fue a darle un papirotazo al embudo.

Su propietario se hizo algo para atrás y levantando despectivamente una ceja, le espetó:

—¡Chaval...!

¡Hagan el favor de circular! —ordenó el urbano que ya empezaba a perder la paciencia.

Pero nadie le hizo caso.

—¿Así que chufla por el embudo? —se chanceó Don Nuño—. Je, je, je...

—Sí señor.

—¿Pero para qué? —quiso saber la señora entrada en.

Alguien se llevó un dedo a la sien. ¡Le falta un tornillo! Un coche de la policía se paró en la acera, los policías salieron lentamente, uno de ellos llevaba la barriga llena de migas, el bocadillo lo había dejado en el asiento.

—¿A ver, qué pasa aquí?

El municipal saludó marcialmente.

—¡Este individuo! —y señaló al hombre del embudo.

—¡No, no! —intervino la señora entrada en—. Fue este señor que se cayó al suelo.

—¿Yo...? —balbució el susodicho.

—¡Nada de eso! —chilló indignado Don Nuño—. Fue el loco, que atacó a Don Felipe.

Y Don Felipe se estiró sacando pecho.

El policía nacional los miró a todos con los dientes de arriba bien pegados a los de abajo. Gastaba un bigote de reglamento.

—¡Usted! —dijo finalmente—. ¡Quítese eso de la cabeza!

—¿Quién? ¿yo?

—¡Sí, tú! —y le dio un golpe al embudo que salió rodando.

—¡Canalla! —gritó el hombre desembudado.

—¿Eh? —masculló el policía.

—¡Mételo para el coche! —gritó su pareja sacando la porra.

Se oyeron silbidos y gritos de protesta de los mirones. El joven de la cazadora corrió tras el embudo.

—¡Venga para dentro! —ordenó el policía del bigote al hombre del embudo. Y le empujó sin miramientos.

Pero éste se zafó y comenzó a dar gritos de auxilio.

—¡Mi embudo, mi embudo! —gemía lastimero.

—¡Jesús! —dijo la señora entrada en—. ¡Qué injusticia!

—¡Dame el embudo! —le pidió el otro policía al joven de la cazadora.

—¡Ven a por el! —y le hizo un corte de mangas, pero no contento con eso sopló por el embudo:

—¡Tut, tut!

Tanto atrevimiento tuvo su castigo, pues el policía le alcanzó y le sacudió varios porrazos. El embudo volvió a salir rodando.

—¡Mi embudito! —suspiró su dueño tratando de alcanzarlo. Y el policía del bigote fue a echarle mano, pero se cruzo Don Felipe que, torpón, quería hacerse a un lado.

—¡Quita, coñoo! —fue lo último que dijo el policía antes de espatarrarse contra el suelo.

—¡Carajo! —exclamó don Nuño.

—¡Pide refuerzos! —le gritó a su compañero desde el suelo.

Y su compañero se lió a porrazos indiscriminadamente antes de acudir en su ayuda, al que ya levantaba el municipal con cierta solidaridad profesional. Después corrió para el coche y tomó la radio.

Entonces se arremolinó la gente, acudieron los vecinos. Un comerciante quiso echar el cierre a la frutería, pero no pudo evitar que el joven de la cazadora se hiciera con una caja de fruta y la emprendiera a manzanazos contra el coche policial.

—¡Aquí Z-57 llamando a central, envíen refuerzos al número trece de la calle...! —pero no pudo seguir, una manzana se le estrelló en la nariz.

—¡Mamones! —chilló. Sacó la pistola por la ventanilla y pegó dos tiros al aire con tan mala fortuna que dio en el globo de una farola. Cayó con estrépito en la acera. La bombilla estalló y todo el mundo se arrojó al suelo menos la señora entrada en que llevaba su vestido nuevo.

—¡Ay, por Dios! —se asusto.

—¡Matadnos a todos! —gritaba el hombre del embudo con el chisme en la mano.

—¡Conque poniéndome la zancadilla, eh? —dijo el policía que se había caído a Don Felipe que se había sentado contra un árbol y no daba crédito a lo que veía. Y el policía le arreó un bofetón que le dejo tieso.

Don Nuño, al verlo, trató de socorrer a su jefe, pero el municipal creyó ver en su acción un ataque contra la autoridad y la emprendió a golpes con don Nuño que al recibir los primeros porrazos de su vida se revolvió iracundo:

—¡Oiga usted! ¡Usted no sabe con quién está tratando!

Llegaron unos jovenzuelos de muy mal aspecto. Probablemente pensaban atracar la frutería, pero al ver el follón se cabrearon y arrojaron las cajas de fruta contra la lechera. El policía trató de dar marcha atrás y se estampó entre una farola y una señal de prohibido aparcar. ¡Zas! ¡Otro manzanazo! El cristal delantero hecho pedazos.

—¡Ay mi madre, que esto se pone feo! —se dijo el policía al volante. Y pegó otro par de tiros que esta vez dieron en un balcón y de refilón en una cornisa que a su vez se desplomó sobre el toldo de una zapatería llenando la calle de polvo.

—¡Bombas lacrimógenas! —gritó el joven de la cazadora de cuero, y pensó en irse a su casa, pero algo se lo impidió y cogiendo ladrillos de una obra cercana los arrojó a discreción dando al urbano en la espalda y a nadie más.

—¡Estoy herido! —se quejó el municipal.

La pareja de policías salió huyendo. Llevaban las pistolas en la mano. Temerosos, los conductores pararon sus coches, de un autobús bajó un tropel de escolares. Los obreros de una zanja dejaron mano y acudieron con palas. El tráfico estaba detenido. Se oyeron sirenas cercanas. Los jóvenes malcarados se liaron a golpetazos con la lechera y finalmente decidieron quemarla. Unos de ellos sacó una escopeta recortada y soltó una perdigonada al buen tuntún que arruinó el escaparate de una caja de ahorros. Los empleados salieron en estampida. Volaron botes de humo por encima de los coches detenidos, los antidisturbios venían por las aceras y la gente corría. Al ver a los obreros con picos y palas se lo pensaron más y deteniéndose hicieron una descarga de pelotas de goma, una le dio al hombre del embudo en el cachivache mandándoselo a hacer puñetas, otra rozó peligrosamente el generoso pecho de la señora entrada en. Al frutero le dio un ataque de histeria y la emprendió a melonazos con los antidisturbios, se los lanzaba como si fueran bombas de mano.

—¡Bueno va...! —gritó un peón de albañil con admiración.

—¡Dabuti colegas! —exclamó uno de las macarrillas que iba literalmente ciego lanzando andanadas con la escopeta a diestro y siniestro.

Los escolares incendiaron el autobús. Los conductores, arrojados al suelo entre los coches, devolvieron a sus dueños los botes de humo como única manera de no quedarse ciegos, y aún así, lloraban como descosidos. Don Felipe hacía rato que había perdido su bonito tirolés y trataba de apagar el incendio de un quiosco.

—Déjelo —le decía Don Nuño—, que yo conozco al dueño y es un rojo.

—¡Ahí va dios! —se admiró un transeúnte al salir del metro. Y viendo la magnitud del fregado optó por volver donde había venido. Pero a mitad de las escaleras tropezó y cayó rodando dislocándose un tobillo.

—¡Cagüendiez! —se dijo muy enfadado—. ¡No, si ya no sabe uno...!

—¿Qué le pasa buen hombre? —le preguntó una viejecita que venía de ver al Cristo de Medinaceli como todos los viernes.

—¡No salga, no salga! —le advirtió el accidentado—. ¡Que hay una huelga!

El teniente que mandaba la compañía de antidisturbios ordenó cargar.

—¡A hostia limpia! —gritó enérgico.

Momento que casualmente coincidió con la salida de los trabajadores de un almacén de la tabacalera. Los antidisturbios repartieron con ganas, pero los obreros, que tampoco eran mancos, y sin preguntarse el motivo de la agresión, les apedrearon hasta hacerlos retroceder. Un delegado sindical se subió a un coche:

—¡Compañeros! —aulló— ¡No caigamos en provocaciones!

Mas cuando quiso darse cuenta, sus compañeros habían salido corriendo dejándole solo. Un gigantesco antidisturbios le agarró del tobillo y lo tiró al suelo donde remató su tarea con media docena de culatazos.

—¡Ay, que me mata! —gimió el pobre.

El hombre del embudo en la cabeza echó a correr. Al pasar al lado de la señora entrada en, la rozó del brazo.

—¡Huyamos, señora mía!

—¡Qué salvajes! —se quejó ella.

Calle abajo para Atocha, la multitud corría alocada. Grupos de jóvenes coreaban consignas a la par que arrojaban diversos materiales a la vía pública.

—¡Huelga general, huelga general! —gritaban con decisión.

Por los bares cercanos a la estación corrían alarmantes rumores. Las gentes huían en desbandada y los comercios cerraban apresurados.

—¡Que han matado a dos! —le dijo la gitana de las flores a la lotera.

No tardó en hacer su aparición un helicóptero, que sin dilación orientó la acción de las fuerzas de orden público. La policía se hizo dueña e la calle. La circulación pudo reanudarse y los municipales retiraron los coches cruzados. El gobernador recibió un detallado informe de lo sucedido e informó con prontitud al ministro, quien a su vez se apresuró a llamar al presidente, quien sin ninguna duda le ordenó silenciar la noticia.

Don Felipe y Don Nuño llegaron tarde a la oficina donde comentaron indignados esto y aquello. El joven de la cazadora de cuero fue detenido y apaleado en el furgón celular. Los escolares llegaron tarde a clase y el maestro les puso un correctivo. Al frutero lo encerraron en un instituto de salud mental. Los mozalbetes malcarados terminaron todos en el reformatorio. Y en cuanto al embudo, lo recogió un chatarrero días después y lo vendió al peso por seis duros.

Pero en un apartado piso de dos habitaciones, cuarto de baño alicatado hasta el techo y parqué en las zonas nobles, el hombre del embudo y la señora entrada en, iniciaron un feliz amancebamiento que meses después cuajó en boda. No tuvieron hijos, pero en el primer aniversario, la señora entrada en, le regaló a su marido un embudo bañado en oro con una inscripción que decía: ¡Al diablo con todo!

En Vallecas, 1976.