S.B.H.A.C.

Sociedad Benéfica de Historiadores Aficionados y Creadores - nº 2

Escritores Imposibles

Sáinz-Rozas

Blacksmith

Honorio

El Wili

Antonio Palma

Mario Meléndez

Escritores imposibles

El cómplice melancólico. (1)

De Honorio.

- 1 -

Por la larga cinta asfaltada circulaba a gran velocidad un potente coche deportivo. Su pintura plateada, por gusto de su dueño, contrastaba con el oscuro pavimento. Pero aunque no hubiera sido así, su alocada velocidad, desierta la carretera, por fuerza resaltaba. Aquel lujoso automóvil donde viajaban el hombre y su acompañante, no tenía rival en muchos kilómetros. Parecía que la comarca, aquietada por la puesta de Sol, descansase sólo para que aquella maravilla de los afanes humanos no tuviera competencia.

Las sombras de crepúsculo, siendo siempre de notas lentas y alargadas, se estremecieron contemplando la marcha de la máquina. En el horizonte y queriendo alargar la tarde relajada todavía chispeaba el Sol. Y eran estas sombras, las que invadiendo el vehículo, bañaban, si no de luz, sí de éter, la quietud de los pasajeros.

El hombre conducía aparentemente inmóvil sin más esfuerzo que la vista fija en el infinito y recto final. Pisaba el acelerador con decisión, pero, experto conductor, apenas podía decirse que tal acción le absorbiera.

Tenía los ojos azules, de un raro azul que ayudado por el momento enverdecía milagrosamente a cada destello. Encendió un cigarrillo, y para hacerlo, soltó un instante el volante. El coche ni siquiera pestañeó, como si una mano extra hubiera acudido a los requerimientos del conductor, Dios sabe de dónde, para encargarse de esa rutina. Luego exhaló el humo con gusto y dejó que el pitillo colgara lacio de sus labios, por ello, el humo ascendió hasta sus ojos y hubo de entornarlos formándosele tenues arrugas. Aún no había cumplido los cuarenta y por su aspecto podría tomársele por nativo de algún lugar del medio oriente. Sí, tenía un cierto aire árabe, de refinado caíd de ojos azules. Se llamaba Leo.

Ella, rubia caucásica, pasaba sin serlo por extranjera. El pelo, largo y ahuecado, se ajustaba perfectamente al pálido rostro. La frente pequeña, los ojos grises y ricos. La mirada algo asustada aunque lo disimulaba. Ceñido el pantalón a sus flancos bien formados. Zapatos de afilada punta estropeando la moqueta del coche.

Observaba hipnótica la carretera y por momentos contraía la espalda contra el asiento, sintiendo en los riñones toda la tensión de la conducción que a Leo le faltaba. De resultas de este miedo se sentía cansada y con ganas de orinar pero, compartiendo la prisa de su acompañante, callaba en espera de mejor ocasión. Los kilómetros pasaban y, en su inmóvil contramarcha, la tierra agrietada traía a veces unas cepas, un chaparro. Algunas nubes se cernían lejanas amenazando convertirse en negras. La mujer dudaba si rogarle una parada, un alto para su necesidad. Se mordía los labios luchando con su valor. Luego, y cuando la llanura, y sin ningún motivo justo, se doblaba sobre sí en lomas y curvas, y asustada todavía más por las frenadas, se decidió:

—¿Piensas seguir mucho? —aquí carraspeó—. Necesito que pares.

Así lo hicieron. Se había levantado un aire frío y, destemplados por el arrullo de la calefacción del coche, tiritaron, especialmente ella. Cruzó los brazos sobre el pecho y buscó la protección de algún matorral donde dar rienda suelta a su premura. La cuneta y el mismo campo se extendían desoladores a ambos lados. Se volvió airada:

—¡Podías haber parado en mejor sitio!

Leo se encogió de hombros, no venía nadie. Abrió las palmas excusándose para mostrar el desierto panorama.

—Vámonos —dijo ella—. Más adelante, en algún pueblo.

—¡Por Dios, Virginia! ¡No se ve un alma!

La joven palpitaba en la duda, sorbió el aire en un suspiro y luchando contra su pudor se alejó del coche hasta que, teniendo por buena la distancia, se alivió. De improviso emergió de una curva un poderoso par de focos. Sobresaltada, trató de aligerar, con el resultado de que, no habiendo terminado realmente, algunas gotas, más libres que su voluntad, se esparcieron delatoras por sus ropas. Algo gritó el camionero al contemplar los afanes de la mujer por aderezarse, mientras pasaba de largo como una exhalación.

Cuando Leo vio el desastre que traía entre las piernas no pudo evitar una sonrisa natural y módica, dadas las circunstancias. Estaba tan desvalida y hasta tierna en su desgracia...

—Mira lo que me ha pasado... —gimió.

—Cámbiate en el coche —se apresuró a responder sabiendo de la prisa que tenían. Cuando estuvo dispuesta, siguieron su camino.

—Y encima se me ha quedado una cosa en el cuerpo... —dijo ella.

—Lo siento —y quiso consolarla—. Ya sé que las cosas no están para reírse, pero tenías un aspecto tan encantador.

La noche cayó profundamente, la llanura se terminaba y el terreno, más accidentado y poblado, enmarcaba los bordes de la carretera componiendo imágenes agrestes e invernales. Los árboles se doblaban al viento y algunas hojas, al caer presas de los focos, parecían incendiarse repentinamente. Poco a poco, la carretera se iba tapizando de noche, vegetación y vientos. Virginia sintió frío y subieron la calefacción. la joven desplegó un mapa nacional y le advirtió sobre la desviación que pronto alcanzarían. Era ésta una carretera comarcal y de mal firme, y no solo tuvieron que reducir la velocidad considerablemente, sino que, estando la noche tan cerrada, ni aun los potentes focos del coche permitían ver gran cosa de las incipientes montañas que comenzaban a subir. Un conejo saltarín se les cruzó sin consecuencias y ella, sin poder evitarlo, se sobresaltó, permaneciendo un rato encogida de hombros, casi tocando su nariz el cristal delantero. Poco después, partículas blancas cruzaron las luces con lentitud, caían sobre el parabrisas y se derretían.

—¡Nieve! —musitaron. La primera del año.

A Virginia no le gustó, sabía que aún quedaba un buen trecho y, conociendo lo peligroso de la ascensión, le encareció prudencia. Durante horas, y como si sus temores se hubieran hecho nieve, cayó sin descanso. Pertinaz y peligrosa, la comarcal se confundía en cada curva con el abismo. Leo conducía en el límite entre la prudencia aconsejable y la prisa que llevaban, y esta ecuación, tan peligrosa, atenazó más de una vez la voz y la respiración de la muchacha que, teniendo idea de las dificultades de la ruta por haberla hecho otras veces, no se despegó de la ventanilla, queriendo adivinar el momento peligroso o la cuneta escondida.

—¡Qué nochecita! —murmuró temblorosa.

—¿En qué viaje él?

—Tiene un jeep

—¿Estará ya allí?

—Sí.

Estaba la luna muy alta y sólo se mostraba a ratos. Era una luna creciente, exigua, apenas proyectaba sombras. Curva tras curva ascendieron por las montañas, algunos de cuyos montículos se veían ya blancos. Cuando al cabo de mucho tiempo Virginia anunció que habían entrado en los límites de la finca, los focos, iluminando el claro que se abrió entre los árboles, desvelaron una casa pequeña que, solitaria y blanqueada por la nieve, anunciaba de repente su fantasmal presencia. Ni un alma, ni un ladrido, quietud. Ella le señaló un cobertizo anejo donde podían aparcar, pero cuando saliéndose del camino intentaron acercarse, las ruedas del auto patinaron sobre la nieve y, haciéndola barro con el esfuerzo, quedaron atrapados a cierta distancia de la casa. Las luces iluminaban el cercano bosque, la ladera de pinos raquíticos, blancos de noche y crema.

—¡Es inútil! —dijo Leo después de varios intentos—, cojamos todo y entremos.

Arrebolada por el percance, Virginia se volvió sobre el asiento y con cierta ingenuidad recogió su pelliza solamente. Al salir el viento arremolinaba la nieve a su alrededor.

—¡Ve y abre la puerta! —exclamó Leo, y le dio una linterna—. Yo llevaré todo esto.

Pero ella no se movió, la linterna oscilaba en sus manos iluminando sus zapatos de tacón.

—¡Venga! —insistió Leo.

—No me atrevo a ir sola, ven tú conmigo.

—Tienes razón —y cerró el coche con llave sin detenerse a pensar por qué hacía tal cosa.

—¡Hala, vamos! —y la agarró del brazo. El aire les azotaba la cara. Se subieron las solapas y, agachando la cabeza, caminaron por la nieve.

—¡Ay, mis pies! —se quejó ella al notar como el frío traspasaba sus medias.

Se toparon con la recia puerta. Aquella casa tenía la apariencia de las construcciones hechas para el trabajo y no para el descanso. Los muros, fuertes y rústicos, eran de piedra caliza y argamasa. La puerta, de madera sin desbastar, estaba cruzada por travesaños de hierro con candados que, amén de una imponente cerradura, impedían el paso a los curiosos. Virginia no acertaba a abrir. Él la ayudo y finalmente pasaron el umbral.

La casa olía a viejo y a polvo. A la luz de la linterna se presentaron los escasos y pasados muebles del salón que quería ser aquella primera estancia. Al frente, una chimenea todavía con ceniza de anteriores visitas, empero, estaba claro que allí no había estado nadie en mucho tiempo.

—¿No habrá llegado aún? —preguntó leo.

Por toda respuesta, Virginia se sentó en un butacón polvoriento.

—¡Estoy helada!, ¿no podríamos encender la lumbre?

Largos esfuerzos tuvieron que realizar antes de que la leña, bastante húmeda, crepitase alegre dando a la habitación no solo calor sino también luz. Un buen rato permanecieron junto al fuego, calentándose las manos manchadas de hollín.

—¿No ha venido entonces? —inquirió de nuevo Leo.

Absorta en el fuego, ella no contestó, luego meneó la cabeza para sí como confirmando algún íntimo pensamiento.

—Sé que está cerca —dijo.

—Será mejor que traiga las cosas del coche, ¡después no habrá nada que me mueva de aquí!

—No tardes...

Seguía nevando, si bien el viento, más calmo, permitía una caída más fácil. Se impresionó por la cantidad de nieve acumulada en tan poco tiempo. Todo el coche estaba cubierto. Lo iluminó desde la puerta antes de acercarse. Caminó a grandes zancadas, el haz de luz de la linterna subía y bajaba a su paso y los pies se le escurrían haciendo un ruido peculiar, como polvo herido. Tuvo que quitar la nieve de la puerta para poder abrirla. Como no estaba dispuesto a deshacer las bolsas de viaje, arrojó una manta sobre la nieve y tiró en ella los bártulos que consideró indispensables, de tal forma que haciendo un hatillo pudiera transportarlo de una sola vez. Ella le había metido prisa, pero él la tenía por su cuenta. Se echó el fardo al hombro y, doblado por el peso, caminó sobre sus huellas anteriores. Bueno..., ya estoy, se dijo cuando casi alcanzaba la puerta de la casa. Fue entonces cuando vio el cobertizo, y bajo su pequeño alero las marcas de las rodaduras de un vehículo que la nieve no había podido tapar completamente. Por un momento quedó quieto. ¡Ha venido!

Se acercó al portón. Un candado oxidado lo cerraba. A través de una grieta en la madera e iluminando el interior con la linterna pudo ver un jeep, un inconfundible jeep amarillo con su capota negra. Nada se movía en el interior.

Volvió para la casa. ¡Soy yo!, dijo al entrar. Se sacudió la nieve que le había caído encima y, dejando el hatillo a un lado, se arrimó al fuego. No dijo nada del jeep, esperaba mejor ocasión. Virginia le hizo un hueco en el banco de madera.

—¿Cómo puede hacer tanto frío? —preguntó Leo.

—Aquí, siempre.

—Pues vaya un sitio que tenéis para descansar.

Encendieron luego un farol de gas. Apartaron las latas y los paquetes de comida. Había frutos secos: dátiles y pasas, y unos chorizos para asar. Leo abrió una botella de coñac, bebieron algunos tragos hasta que, sintiéndose animados, se despojaron de sus pellizas. Luego cenaron con apetito. Virginia, para asar los chorizos, sacó de la alacena un machete—bayoneta, grande como los de caballería. Estaba algo viejo, pero todavía se veía espléndido. Durante un rato, Leo lo estuvo sopesando, tenía adornos en la empuñadura y daba una cierta sensación de fuerza.

—Es de mi padre —dijo ella—, lo tenemos aquí por si hace falta, ya sabes, las latas y eso...

Acabados los cigarrillos que se habían echado muy cerca de la lumbre, recogieron los cacharros sin mucho esmero, los lavarían en otra ocasión. Se sirvieron otro poco de coñac y atizaron el fuego. Fuera, seguía nevando, apenas eran las doce. Leo se sintió incómodo, echaba a faltar un respaldo. Extendió una manta en el suelo y, sentándose sobre ella, descansó la espalda sobre el asiento. Virginia le imitó, se acurrucó junto a él, pero sin tocarlo. Esperaremos... —murmuró— y le dirigió una mirada llena de afecto. Leo fruncía el ceño frente al fuego, de cuando en cuando se llevaba la botella a los labios y bebía largos tragos, lo que no era del agrado de Virginia, y menos el brillo que le tomaban los ojos. Leo se sentía desconcertado. Habían emprendido el viaje al poco de comer y, a pesar del tiempo transcurrido, le pareció que por alguna extraña magia había sido transportado de su tranquila vida urbana a una aventura desconocida. Recordó entonces cómo había sido todo. El bar de Berto tenía en cierta forma la culpa. Aunque un hombre puede culpar a su hábitos, el hecho de ser asiduo del local de Berto no justificaba el encontrarse ahora en plena sierra al lado de una joven presa de temores y tormentos. En realidad, si debían buscar alguna culpa, ésta seguro que se hallaba en su devoción a la belleza. Sí, fue la belleza de Carlos la causa que le impelió a acercarse a su mesa, cuando, en el bar de Berto, su mirada recayó sobre el atractivo joven. Estaba éste sentado frente a una botella de ron vacía y lloraba silencioso pero a lágrima viva.

- 2 -

El bar de Berto no era un sitio muy concurrido. Se encontraba en un barrio viejo, uno de esos barrios de casas de no más de cuatro pisos y buhardillas de tejas que, cercados por los salvajes rascacielos que se levantan por todas las ciudades, mueren día a día sin que nadie, excepto algunos enamorados de las noches y de los gatos, haga nada por impedirlo. No muy lejos de algunos garitos de juego, y discreta su fachada a las miradas del curioso o del profano, el bar de Berto ofrecía refugio a sus clientes, a sus habituales enamorados de la luna. Berto era un hombre sin necesidades, vivía con una viuda rica desde casi su juventud y tenía abierto aquel local sólo por placer. También se decía que por escapar a los envites amorosos de su madura consorte. Pero el caso es que, siendo Berto un hombre de vida original y raros gustos, hizo de su bar precisamente lo que quiso: un lugar para olvidar lo de fuera, un faro en la tormenta, puerto en la tempestad, noche en la luz, caverna en el día soleado que mata a las gentes lunáticas, olla podrida donde proveer los ánimos y los versos, poción mágica de Berto. Había también un pianista, un pianista de indefinible edad con una chaqueta de cuadros ingleses, cuya espalda ligeramente encorvada por el oficio, estaba siempre nevada de caspa, caspa renovada noche a noche entre las notas jazzísticas del inicio de la velada y la última pieza obligada. "Swing Down Chariot", en la que incluso cantaba. Los parroquianos, escasos, se diría que escogidos, tenían por hábito escupir a Baudelaire y sus flores a cada trago, a cada temblor febril. Amantes de Poe, amigos de Butler Yeats, íntimos de Blake, hombres que parecían surgir de la narración de sí mismos, émulos de Arthur Gordon Pym, buscadores de la tumba del capitán Hatteras. Gustosos amantes, aunque no libios, de Salambó. Gentes góticas a la busca de libros imposibles: Necromicones, asuntos condenados y Fortianos. Devotos del Gran Dios Pan. Adoradores de Abraxas.

Leo tenía por costumbre terminar sus largos paseos en el bar de Berto. Eran buenos amigos, compartían momentos y tragos con la impúdica intimidad de los bebedores expertos que, sabiendo de sus estado, tienen a bien y no sólo por veteranía, disimularlo.

Aquella noche, Leo, recostado en la barra, siempre en el mismo sitio, caído ya tiempo el manto de las tres, terminaba sus reflexiones frente a un  vaso tan largo como las ideas que le acometían. Berto, sin nada que atender y próxima la hora de cerrar, fumaba indolente un pitillo de los que hace Cartier, expulsando el humo lentamente y sin fuerzas, pues no se lo tragaba. Arturo, el pianista, se rascaba con descaro la pelambrera sin intenciones de tocar, y si aún se mantenía en su puesto, era más por hábito que por cualquier otra razón. Apenas seis personas se encontraban en el local y en la calma de esa tesitura, Arturo, sin querer, golpeó una tecla. El tono hizo volverse a Leo y fue entonces cuando vio por primera vez a Carlos.

Sentado en una de las mesas, lloraba silenciosamente y sin un suspiro. Era un joven delgado y de abundante cabellera que ahora llevaba revuelta, quien sabe si por las circunstancias que le habían empujado a beberse una botella de Bacardí. Tenía el rostro alargado y bello en una faz limpia y bien rasurada. Pero su belleza no estaba enteramente en su físico, era más bien su desesperación infinita a aquellas horas de la noche y en el bar de Berto lo que cautivó a Leo.

—Viene por aquí de vez en cuando —le informó Berto—. No sé mucho de él. Nunca le había visto llorar.

Leo le contempló fijamente. No era la primera borrachera llorona que veía, pero sí la primera que le gustaba. En realidad, no podía precisar por qué, ni las razones que atrapaban su curiosidad. Leo era un tipo de limitadas tendencias sociales. Tenía en su mano la fortuna de un pariente y, sin que pudiera decirse que la despilfarraba, vivía despreocupado y con escasas pretensiones. Acompañaba sus plácidos días de una inagotable afición por el arte, cualquiera que fuese. No era sin embargo un artista, pues todavía no se había detenido con intención creadora frente a ningún material o cuartilla en blanco, pero sí tenía una notable cualidad: reconocía la belleza allá donde se encontrara, especialmente la belleza del contraste, la cualidad de las cosas cuando se encuentran forzadas por elementos dislocadores. Tanto era así que su mayor gozo recaía sobre lo tenebroso, lo patético y lo decadente.

La estampa que ofrecía Carlos bien podía englobarse dentro de estas pautas y eso enterneció el corazón de Leo. ¿Qué demonios le hacía llorar?, ¿un amor roto?, ¿una familia tiránica? Observó el trance con más cuidado, aquellas lágrimas tenían un fervor incontenible, nacían fluidas, persistentes. Una gran pasión debía ser la causa de semejante duelo. Berto, que era también sensible al llanto por su condición de hombre refinado y compasivo, aventuró una hipótesis tranquilizadora: un amor, seguro que es un amor. Se sirvieron otra copa y aplazaron por un momento la hora de cerrar. Tenían curiosidad. Leo, se revolvió inquieto, el interés, más fuerte que sus prejuicios, enturbiaba los vapores del alcohol consumido. Berto le animó con la mirada. Se levantó con el cigarrillo y el vaso en la mano. Avanzo unos pasos hacia la mesa, pero cuando sólo otro le distanciaba del joven, se desvió acercándose al piano donde Arturo cabeceaba. Carlos, absorto, seguía con la cabeza gacha. De pronto, Leo oprimió otra tecla, el agudo sonido espabiló a todos los presentes. Carlos levantó la vista y por un instante, y entre sus lagrimas, vio a Leo. Éste alzó su vaso y le saludó inclinándose un poco. Al comprender que aquel caballero alto, delgado y de recortada barba trataba de comunicarle algo, Carlos sonrió. Era la primera vez que lo hacía en toda la noche, una sonrisa húmeda y salobre, con sabor a ron.

—Quizá deberías llorar de día y sonreír de noche.

—Me gusta llorar así —respondió Carlos y le señaló con elegante ademán una silla vacía al lado de la mesa. Leo se sentó. Berto desde la barra sonrió. Arturo dio otra cabezada.

Después de acomodarse, y para ganar tiempo, Leo bebió un largo trago que le entró como plomo, se hallaba en el justo límite ya conocido que, traspasado, conduce al vómito. Hizo a un lado el vaso.

—Vas a perdonarme por mi atrevimiento, pero quisiera preguntarte el motivo de tus lágrimas.

—¿Son chocantes, verdad?

Leo afirmó. Sacó un inmaculado pañuelo y se lo ofreció para que enjugara los restos de humedad de sus mejillas. Luego, Carlos, buscó algo de líquido en su botella y, no encontrándolo, señaló el vaso de Leo, pidiéndole permiso para beber. Iba éste a llamar la atención de Berto, cuando la mano del joven detuvo el gesto. Tenía las manos fuertes para su aparente complexión. Señalados nervios las surcaban desde los nudillos a la muñeca. Los dedos, muy largos, denotaban agilidad. Eran casi las manos de un escultor.

—¿Sabes por qué lloro? —dijo de pronto.

Tampoco es que me extrañe mucho tal como están las cosas —respondió Leo.

—Lloro porque recuerdo.

—¿Y qué recuerdas?

—Lo que hay pasando esa puerta —y señaló la salida.

—Pues debes tener entonces muchas razones. Pero te aconsejo que te lo tomes con más calma.

Y a Leo se le vino a la cabeza cierta compasión, como si en aquel momento él fuera ajeno a las penas de este mundo.

—¿Sabes...? —añadió Carlos—. El mundo se compone de tres partes: mi casa, este bar y lo que queda en medio, o sea la calle.

—¿Este bar, especialmente?

—Este o cualquier otro. Lo que quiero decirte amigo mío, es que entre mi casa, mundo de horror y tinieblas, y este bar, reposo de mis esforzadas dedicaciones, se extiende un inmenso desierto de incomunicación, de mucha luz y caras pálidas, un desierto poblado de cactus humanos, para el caso es lo mismo, como si fueran plantas.

Leo se rió con ganas.

—¡Sí! —dijo—. Imagina que detienes a uno de esos cactus y le dices: ¡por favor, señor, yo también existo, téngame en cuenta! O lo que es peor, le espetas desde muy cerca: charlemos un rato... Y le ofreces un pitillito.

Me gusta lo que dices —aseguró Carlos—. Pero no hablemos del desierto, hablemos del oasis. ¿Qué haces aquí...? ¡Mejor!, deja que lo adivine: eres un capitán de navío y tu barco, escorado, espera reparación... ¡No...! Eres un simple marinero. Tu barco se fue a pique y ahora buscas nueva embarcación.

—¡Si! —exclamó Leo divertido—. Soy Simbad el Marino...

—¡Lo sabía!

—No... Soy un hombre de la Luna, ¡un lunático, vaya! ¿Y tú?, ¿quién eres?

—Yo sólo soy un esclavo... —murmuró Carlos—. Un esclavo sin porvenir, no hay Espartacos en mi jardín... Y tampoco hay Kubricks.

—¿Y quién te tiene esclavizado, amigo mío?

—Soy esclavo de la belleza, placer de un botón, miembro único de la oscura caverna, pincel y escritura de mares blancos. Soy esclavo en suma, de una ocasión desafortunada y torturante. Encadenado estoy a la tentación, preso en la miseria de mi espíritu, en la debilidad de mi carne y la desolación de mi alma. Soy esclavo de la deformidad, de la más bella de las deformidades.

Nada dijo Leo a estas palabras, no las entendió. Berto apagó las luces un par de veces y los clientes, llegado el momento de levantarse de sus lugares, de sus yacimientos, sacaron los sobados billetes y se fueron dispuestos a atravesar el oscuro desierto, hasta el único mundo con que contaban: sus catres. Carlos se levantó inseguro, la cabeza se le iba y Leo le sujetó con fuerza.

—Te llevaré a tu casa —le dijo—, morirías de sed por el camino.

—Conduce con cuidado —exclamó Berto cuando salían—, las calles están regadas, hay niebla alrededor de las farolas y las luces de las esquinas siempre se achican a estas horas.

Carlos vivía en el Norte, en una lujosa colonia de chalés no muy lejos del hotel de Leo. El joven tenía la cabeza caída a un lado y los labios húmedos. En las curvas, Leo le sujetaba para que no chocara con el parabrisas.

La casa denotaba escasos cuidados, sufría la decadencia de sus dueños. En el pasado podría haber sido la mansión de un rico comerciante, o un banquero. Detuvo el coche justo en la puerta y, ya iba a llamar al timbre, cuando Carlos, extrañamente reanimado, se lo impidió.

—Abriré yo —dijo—, debo hacerlo.

Había un caminito de losas desde la verja al despintado porche y entremedias crecía la hierba demasiado alta.

—¿Nos volveremos a ver? —preguntó Leo.

—¿Volvernos a ver...? Amigo Simbad, quién sabe en qué puerto recalaré mañana.

—Me llamo Leo.

—Yo Carlos, Carlos... ¡Qué más da! —y se adentró sin más palabras.

Leo se quedo en la acera temiendo que cayese, pero Carlos caminó sin tropiezos y, llegado al dintel, abrió la puerta sin dificultad. En el piso de arriba se encendió una luz. Recortándose por un momento contra el marco de los ventanales, Leo vio la figura de una mujer tras los visillos. Llevaba un largo camisón blanco. Sólo fue un segundo.

Durante algunos días, Leo no tuvo la oportunidad de reanudar la conversación con el joven Carlos. Berto fue su confidente. Me tiene intrigado ese chico —le dijo. Además, ya te he hablado de la mujer del piso de arriba.

—No te obsesiones —le aconsejó el barman—. Recuerdo una caso hace muchos años, un hombre como tú, tenía la costumbre de leer el periódico en la terraza de un café, un café de esos tranquilos, soleado en invierno y fresco en verano. Pues bien, una dama pasaba todos los días por delante de él, todos los días, uno tras otro, se miraban y nada más. hasta que, armándose de valor, el hombre la abordó. Y aquí acabó todo.

—¿Pues qué pasó?

—Se fugo con ella. Ya ves, una familia destrozada, una mujer y dos hijos de corta edad.

—Bueno, tampoco parece tan terrible.

—No... Me va bien.

Leo se rió, estaba acostumbrado a las historias de Berto, mitad verdad, mitad mentira.

Aquella noche, casi una semana desde que conociera a Carlos, el bar de Berto estaba casi vacío. Arturo, el pianista, bastante bebido, había tomado el piano por su cuenta y tocaba canción tras canción, con un brío digno de mejor causa. Sus manos recorrían el teclado con frenesí, deteniéndose un instante, para saltar sobre un acorde más sostenido. Todas las piezas que interpretaba tenían un ritmo desusado en él.

—Se ha enamorado de una poetisa —le susurró Berto.

—Espero que le dure más que la pintora.

—Conque le pague el alquiler que debe ya va bien.

—Músico y pobre —sentenció Leo con un gesto muy personal.

—Músico, bohemio, pobre y troskista —completó Leo.

A Leo, las cuatro palabras con las que Berto definió a su empleado, le inspiraban una profunda simpatía, no por los tiempos, fríos y duros que corrían, sino por el mero hecho de aunar en una sola persona, y sin ningún recurso económico, tantas esperanzas.

Una pareja, caída no se sabe cómo en el lugar, se besaba en la penumbra mientras bailaban muy lentamente. Para novios ya eran algo maduros.

La puerta de entrada se abrió y Carlos entró en el bar. Vestía una capa negra con el forro escarlata y en su rostro se adivinaba que había bebido.

—¡Hola Simbad! —gritó a modo de saludo.

Nadie gritaba en el bar de Berto y todos se sobresaltaron. El poeta se enderezó asustado tapando sus versos con las manos. Arturo se detuvo en seco. La pareja dejó de besarse. Berto respiró fuerte. Leo se alegró.

—Muchacho, veo que no has pasado sed en el desierto.

Pidieron bebidas, invitados por Berto esnifaron unas líneas en un aparte. Hablaron largo rato de aventuras, puertos, amores, patetismos y hambres. Después, cuando el bar se les quedó estrecho, decidieron salir, correr alguna lid sobre el asfalto.

Cerraría de buena gana para irme con vosotros —aseguró Berto—, pero soy un hombre con responsabilidades como sabéis. Id y divertios.

Salieron al proceloso mar de piedra y caminaron largo despreciando el deportivo. Cabrearon a una vieja solitaria que arrastraba atados de plástico y cartón. ¡Cabrones!, les llamó, indignada por su desvergüenza. Luego corrieron un gato, un gatazo macho con la cabeza enorme. Visitaron bares sin fachada, de los que cuelga un farolillo rojo, y olieron con gusto el perfume de las hembras que allí había. Explicaron a todo el mundo que quiso oírles que eran el capitán Nemo y el conde Drácula, o al menos parientes cercanos. No se enfadaron cuando les echaron de un local por orinar en el lavabo. Se comieron unas hamburguesas convencidos de que eran de carne de perro, pero las regaron bien de mostaza y tomate.

Casi al amanecer se sentaron en la acera, muy cerca del bar de Berto, pero éste ya había cerrado.

—Eres un tipo estupendo —decía Carlos—, en serio, Simbad, me encuentro a gusto contigo. Tienes la pasta del hombre avezado, del tipo que, sabiéndolo todo, tiene el gusto de disimularlo. Sé que has estado en todo el mundo, que conoces los monumentos del hombre y las obras de su genio, que hablas varios idiomas no siendo ninguno el tuyo. El dinero sale de tus manos con facilidad y sólo hablas cuando el momento lo pide. ¿Qué haces aquí a mi lado? Yo soy un hombre sin futuro, lo tengo hipotecado.

—No te pongas triste.

—¡Qué razón tenía él que dijo aquello de beber para olvidar...!

—¿Qué quieres olvidar? —le preguntó Leo lleno de curiosidad.

—Quisiera olvidar quién soy, dónde vivo y, sobre todo, el futuro que me espera.

—Te refieres a tu futuro particular o al de la especie...

—¿Especie? ¡Al diablo con la especie! Es mi futuro, negro como un pozo, el que me preocupa. No soy un hombre libre, ni lo seré jamás. Estoy atado, amigo Leo.

—¿Y qué te ata?

Carlos calló. Sus ojos buscaron las estrellas, pero no hay estrellas en el firmamento de las ciudades. Ni caminos de leche en el cielo, ni luceros. No se puede navegar en la urbe y por eso las golondrinas evitan las ciudades a su paso.

—Hay algo dentro de ti que no entiendo —dijo Leo.

—¿Qué opinas de la deformidad? —exclamó de pronto Carlos.

—¿La deformidad? A nadie le gusta.

Carlos palideció, sus rostro adquirió un tinte sospechoso, por momentos la cara se le hacía de cera, sus manos y hasta sus labios perdieron el color. Vomitó con dolor, con sufrimiento. Leo le ayudó a lavarse en una fuente cercana, le metió en el coche y condujo hasta su casa, despacio para que no se marease, pero todo fue inútil, Carlos perdió el conocimiento. Hubo de abrir él mismo la verja mientras, a duras penas, le sostenía. Cierta aprensión le vino al cruzar el oscuro y silencioso jardín con el joven en brazos. Temió que alguien se le apareciese y le gritara:

—¡Qué ha hecho usted con Carlos!

Pero la casa estaba silenciosa. Tras un rato de esfuerzos agitados, encontró las llaves en uno de los bolsillos de Carlos y pudo abrir la puerta de entrada. El recibidor era muy grande, de esos que ya no se llevan. Los muebles de recio roble castellano. Agarrándose a la barandilla de la escalera pudo alcanzar el piso de arriba, donde Carlos tenía su dormitorio. La casa seguía muda, quieta. Esperaba que en cualquier momento se encendieran las luces y que los cuadros se salieran de sus marcos y los antepasados le señalaran con el dedo. Pero no había cuadros de antepasados. ¿Y la mujer, dónde estará? —se preguntó.

Tuvo que quitarle los zapatos para dejarle sobre la cama. Entonces, Carlos abrió los ojos, la cama le daba espantosas vueltas.

—¡No me dejes! —gimió—. ¡No enciendas la luz! ¡Que no entre!

—¿Quién? ¿ella? —se dijo Leo—. Y aguzó el oído. ¡Qué quietud!

Carlos cayó en un sopor silencioso, respiraba pausadamente. Leo salió del dormitorio sin encender las luces del pasillo. Por debajo de la puerta del cuarto de enfrente se veía luz. Quedó quieto un segundo. Y como cuando se siente la presencia de alguien, espíritu o persona, adivinó que tras la puerta se hallaba un cuerpo. Descendió por las escaleras con cuidado para no hacer ruido, tratando de que cada paso fuera más tenue que el anterior. A veces los crujidos de la madera le detenían un instante. Alcanzado el salón y puesta ya su mano en el pomo de la puerta, oyó pasos en el piso de arriba, pero no se volvió. Alguien entró en el cuarto de Carlos y comenzó a gritar. Eran gritos agudos y rabiosos, gritos de mujer enfurecida. Maldecían al pobre joven.

- 3 -

Una gruesa tarde en que las nubes amenazaban descargar su ira sobre la ciudad, paseaba Leo por la calle del Reloj, completamente indiferente a quienes le rodeaban y ensimismado en sus pensamientos. Había encendido un pitillo y deteniéndose junto a una esquina muy cerca del bar de Berto, donde habitualmente solía dirigir sus pasos, admiró entonces la posibilidad de que lloviera a mares. Y lo deseó, no le importaba que la lluvia, cayendo a conciencia, le hubiera empapado. Incluso se imaginó a sí mismo anegado por el agua, mojada la ropa y chorreante el pelo y la cara. Abrió la boca y alzó el cuello para recibir mejor el producto de su imaginación. Algunos transeúntes le miraban con estupor. Su atractivo y corpulencia llamaban la atención, pero sus gestos de hombre alejado de la cordura le hacían más notorio. Contemplaba los tejados, rojos en su día pero sucios por el tiempo, y las claraboyas de las buhardillas se le antojaron ojos de buey de algún barco apresado en la tempestad. Subían y bajaban oscilando al compás de las fuertes olas. De la cubierta y por la amura de babor alguien le hacía señales con un farol y un marinero asomado al pescante le miraba fijamente. Al cabo, la alucinación desapareció y sólo quedaron una pareja de ancianos que le miraban desde el balcón. Respiró hondo sin que el agua prometida hubiera caído sobre su rostro, ni sobre nadie, ni sobre nada. Luego, y a su pesar, caminó hasta el bar de Berto.

Sentado en la acera y con la cabeza gacha, un joven interrumpía la entrada. Era Carlos, que al verle se alegró. Tenía un trágico aspecto.

—Leo... —dijo.

—¿Qué te ocurre? Pareces haber sufrido un ataque.

Y era cierto, porque su rostro presentaba arañazos y hasta sus ropas estaban desgarradas, incluso tenía sangre en la nariz.

—¡Qué suerte que te encuentro! Ha ocurrido un infortunio en mi casa.

—¡Calma! —le pidió—. Entremos y te lavarás la cara.

—¡No! No hay tiempo...

Detuvieron un taxi y dieron instrucciones al conductor para que corriera. El cual se lo tomó al pie de la letra y les puso al borde del accidente un par de veces. Se sintieron embarcados en un cohete, ráfagas de luz quedaban atrás como estrellas fugaces. Carlos temblaba, pálido como un espectro.

—Tranquilízate —le rogó.

No tenía Leo una idea clara de lo que le esperaba, pero en su interior sabía que ella, la mujer del camisón y los gritos de rabia, estaba por medio. La oportunidad de desvelar el misterio de aquella casa le animó. Carlos había olvidado las llaves en su loca huida. ¡Entremos por una ventana! —dijo—. Y temblaba de nerviosismo. Se encaramaron a una de las pérgolas que adornaban el rellano y rompieron un cristal con gran estrépito. Una vez dentro, todo parecía en su estado normal. Cuando se disponía a subir las escaleras, Carlos le agarró del brazo.

—Sube tú, hay una persona que necesita ayuda. Mi hermana.

—Sí, vamos...

—No, yo no puedo hacerlo. He sido yo quien ha causado este mal.

—Explícate...

Pero Carlos se deshacía en muecas y aspavientos de dolor. Retorcía las manos tratando de aclarar lo ocurrido.

—Yo... La he pegado.

Y, dando media vuelta, abrió la puerta de la calle y salió corriendo. Leo no se hizo más preguntas, esta huida agitaba su corazón restándole fuerzas. Subió las escaleras despacio. No había dado las luces y lo hacía a oscuras. Todas las puertas de los dormitorios estaban cerradas, pero supo en seguida cuál tenía que abrir. La escasa luz que desde la calle se filtraba por los ventanales de la habitación fue suficiente para que el cuadro que vio le estremeciera. Una mujer se encontraba caída sobre la alfombra, hecha un ovillo y con las manos entre los muslos. Llevaba un camisón blanco que, desgarrado en algunas partes, mostraba las señales de golpes y arañazos que su hermano le había propinado. Indeciso, no se atrevió a moverse. Ella no parecía haber notado su presencia, de pronto, sollozó, encogiéndose aún más si cabe. Se acercó con la intención de ayudarla pero, cuando iba a poner la mano sobre su hombro, se detuvo en seco. La mujer tenía un brazo más pequeño y delgado que el otro. El brazo izquierdo afectado de alguna atrofia, con un color más encarnado que el resto de su piel y la carne prieta y los tendones a flor de piel. Entonces, ella volvió la cara y al verle chilló. Se arrastró para meterse debajo de la cama.

—Me envía Carlos... Vengo a ayudarle.

Tenía casi medio cuerpo oculto por el lecho y sus piernas al aire, blancas y redondas, eran bellas, esculturales.

—¡Váyase! —chilló nuevamente.

—He venido a ayudarle...

—¡Salga de la habitación!

Y su voz, aguda como la de un chiquillo, traspasó todo los pensamientos de Leo. Gritaba como una loca. Dudó un momento en que sintió deseos de salir en busca de un médico, pero, en vez de hacerlo, le habló con palabras apacibles.

—Vamos..., vamos... Confíe en mí.

La tomó de la cintura para sacarla de su escondite. Ella gritó, pataleó y hasta le golpeó con vigor, pero, de pronto, dio un grito exánime y sufriendo extrañas conmociones perdió toda fuerza y voz, quedando desmadejada mientras su cabeza, con los ojos muy  abiertos, cayó a un lado. Su brazo imperfecto palpitaba en la muñeca. Era como el de una niña pero sin esta belleza.

Con mucho cuidado, la levantó y la tendió sobre el lecho. Tenía el cuerpo regado de golpes, como si hubiera sido atacada por una bestia. Y pensó en Carlos, con sus ademanes delicados, su aspecto inofensivo, la ternura que inspiraba, y sus fuertes manos, aquellas manos de luchador.

Estuvo un rato observándola. Respiraba normalmente. Eso le tranquilizó. Se fue a la cocina y puso agua a calentar, preparó una tila y se la dio a beber. Sorbía como una niña enferma. Redujo en tono de las luces y acercando una silla se sentó cerca de la cama.

—¿Es usted Leo?, ¿verdad?

Asintió. Ella le mantuvo la mirada, tenía los ojos acuosos. Más tarde se durmió y Leo, acunado por sus pensamientos, no tardó en seguirla.

Al despertar tenía un fuerte dolor en el cuello, producto de la postura. La cama estaba vacía. Oyó el rumor de una ducha. Se restregó el cuello y respiró hondamente. Tenía los pulmones congestionados y la boca seca y pastosa un poco más que lo habitual. Paladeando la aciaga mañana dio unos pasos por el cuarto mientras ponía en orden su cabeza. No se encontraba muy bien, necesitaba beber algo fuerte. Bajó al salón y rebuscando en el aparador encontró una botella sin estrenar de un estupendo coñac francés. No encontró un vaso por lo que bebió a morro un buen trago, luego otro y hasta se dio un tercero. Cuando subía al dormitorio se cruzaron. Llevaba un largo suéter de punto, tan largo que le cubría las rodillas, las mangas colgaban vacías a los lados pues tenía los brazos metidos por dentro del jersey. Se miraron sin hablar hasta que ella bajó los ojos. Los tenía muy bonitos.

—Buenos días —dijo Leo con poca voz—. ¿Te encuentras mejor?

—Sí... No es la primera vez.

Leo no contestó, le vino al pensamiento la figura y el rostro de Carlos. Tenían un notorio parecido, incluso hasta en la altura y la forma del cuerpo.

—¿Quieres desayunar? —le preguntó ella.

—Si acaso, un café.

Bajaron a la cocina, ella caminaba manteniendo un difícil equilibrio, como una muñeca aprisionada en el jersey, tenía gracia bajando las escaleras. ¿Cómo haría para manejar los cacharros? Y se sorprendió, porque sacaba con rapidez los brazos por las mangas y luego los escondía de nuevo. Bebieron sentados en unas banquetas de cocina.

—Supongo —dijo—, que esperas que te cuente algo.

Leo asintió con naturalidad, encendió un pitillo y viendo su gesto se lo pasó encendiendo otro para él. Había sacado el brazo derecho por la manga y su mano blanca y exquisita nadaba en los vuelos del jersey con preciso gesto de fumadora.

—Carlos está loco —musitó.

Y calló esperando alguna confirmación, pero Leo no expresó nada.

—Lo está..., aunque por culpa mía —añadió—, quizá también por culpa de mi familia, o de mi madre...

—¿Algún fármaco? —preguntó Leo casi sin pretenderlo señalando su lado izquierdo.

Ella enrojeció ligeramente, como si las andanzas de las multinacionales farmacéuticas fueran su pecado original. Leo se arrepintió de haberlo preguntado.

—Sí —respondió con sorprendente valentía—. Sólo yo fui afectada. Él nació primero y sano, después yo... Somos mellizos.

Y bebió un trago para que sus ojos pudieran desviarse de los de Leo.

—¿Qué voy a decirte de mi infancia?, siempre fui una niña retraída y acomplejada. Mis padres contribuyeron a ello, me protegían tanto que en realidad lo que hicieron fue ocultarme al mundo. En especial mi madre, se sentía tan amargada viéndome, que en su interior me negó. Todo el cariño se lo llevó Carlos, para mí, cuidados, ayas e institutrices, si recibía algo era a través de mi hermano. Él fue desde pequeño el único que supo acercárseme sin compasión. ¡Estábamos tan unidos!  —y sus ojos, por un instante, volaron al pasado evocando en su azul algún retazo feliz de su infancia—. Cuando fui consciente de que era distinta —siguió—, ya era demasiado tarde para nada. Incluso me hubiera resultado imposible, dependía para todo de Carlos. Carecía de amigos, sólo mi hermano, siempre a mi lado, me unía al mundo, fuera de él nada existía, ni la calle, ni el campo, ni las gentes, ni el amor...

Leo apuró el café, el último trago le supo más dulce, escuchaba el relato con interés pero quería que no se notara. Ella seguía:

—Mi hermano trataba de estimularme, quería que reaccionara, que me enfrentara a la vida. Pero cada vez dependía más de él, no podía dar un paso sin su ayuda. Trajo a sus conocidos a casa intentando familiarizarme con la gente, pero si me abandonaba un segundo, inmediatamente me sentía blanco de todas las miradas en las que sólo entreveía sentimientos de compasión, terminando siempre por buscar su amparo. Así fui creciendo, encerrada en mí misma hasta que me hice mujer. Carlos me quería, me adoraba, sentía por mí lo que solamente un hermano gemelo puede sentir por otro. Pero también deseaba salir al mundo, correr aventuras. Carlos es un romántico incurable y yo he sido siempre su rémora. Con el tiempo su ayuda se hizo más difícil, comenzó a beber... Yo le increpaba y él respondía: debes hacerte a la idea de que un día no estaré a tu lado. Entonces me asustaba, me turbaba mi futuro. ¡Ni siquiera era capaz de salir sola a la calle! Después, mis padres se separaron. El partió lejos y mi madre quedó con nosotros, pero a veces también nos deja largas temporadas. En cierta ocasión discutimos fuertemente mi hermano y yo, estaba bebido y me había dejado un tiempo abandonada. Yo se lo censuraba.

—Me voy a ir de aquí —me dijo—, tengo que irme o enloqueceré.

—Le insulté, le llamé borracho y degenerado, y apreciando él mis insultos en lo más vivo de su alma, sintiendo que en ese momento yo despreciaba todo el afecto y la ayuda que me había prestado, se llenó de ira y bebido como estaba, reaccionó pegándome, abofeteándome con fuerza. Caí al suelo, y al verme tirada, humillada, se enajenó y, abalanzándose sobre mí, me violentó. Luego huyó de casa. nada dije a mi madre y nadie sabe de esto. Si bien, muchas veces he imaginado esta escena, donde se lo cuento a alguien.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, arrasados por la fuerza de su última confesión.

—Sigue... —le pidió Leo.

—A su vuelta me pidió perdón, estaba horriblemente apenado. Le perdoné, nos abrazamos llorando. Me juró amor eterno, que nunca volvería a hacerlo, que sería toda su vida mi guía, mi compañero. Poco después, alquilamos una casita en la sierra, en Las Alpujarras, íbamos bastantes veces, era tan tranquilo, tan solitario, un sitio precioso. Fuimos felices un tiempo. Pero una noche, un demonio se coló entre nosotros. allí en la sierra. Carlos estaba inquieto. Notaba sus miradas extrañas, sus afanes por tranquilizarse, bebía para relajarse, pero esto aún le excitó más. Se me acercó tembloroso y me abrazó tan ardiente que noté como un fuego en mi interior, un agradable fuego que me arrebató, en aquellas montañas y solos. Nadie supo nunca nada, pero este estado de cosas no duró mucho, según pasaba el tiempo, Carlos sufría una rara transformación, se aficionaba a lo maldito, leía poesía sin descanso, absorbía todo lo incestuoso, lo negro, lo relacionado con alguna maldición: Baudelaire, Poe... Al principio no me importó aunque lo observaba con angustia. A veces me mordía y me arañaba, hasta me insultaba al oído llamándome cosas horribles. Deseo pegarte, me gusta, llegó a decirme. Y yo, viendo su locura, temblaba de miedo, porque estaba sola, porque no tenía a nadie más en el mundo. Y si quería pegarme tendría que aceptarlo sin pestañear. Estos últimos tiempos han sido los peores, luchaba por apartarse de mí, cerraba su cuarto por las noches, emborrachándose hasta el desmayo para sentirse incapaz de cualquier atropello. Pero esta tensión explotaba a veces, y ciego y enfermo acudía a mi con su brutalidad. Anoche fue la más dramática.

Virginia detuvo su relato. Leo había escuchado atónito, aplanado por los hechos. "Legeia —le vino a la cabeza recordando a Poe—, belleza exquisita, extraña proporción". No supo que decir, le embargaba el desconcierto, era tal su confusión que ni siquiera se atrevió a mirarla a los ojos. repasaba el borde de la taza con el dedo.

—¿Qué puedo hacer yo? —dijo finalmente.

—No lo sé, has entrado en la vida de Carlos de repente, me ha hablado de ti y del bar en que os conocisteis, pensé que contigo, que teniendo un nuevo amigo, cambiaría algo en su comportamiento, y un poco así fue, pensaba invitarte un día a casa, hasta a mí me parecía bien.

—No sé qué puedo hacer...

—Él está ahora lejos, camino de la sierra, siempre se retira allí.

—Si quieres me quedo contigo.

Virginia le sonrió, una sonrisa sincera. A Leo le resultaba arduo aceptar aquella sinceridad tan decidida. Pero ella se lo explicó.

—No quisiera molestarte, pero debes saber que llevo mucho tiempo esperando una oportunidad para cambiar este estado de cosas.

—Haré lo que quieras.

Ella sonrió de nuevo, con la sonrisa que aflora a la cara después del llanto y superado éste por una confesión. Incluso los golpes que tenía por todo el cuerpo parecieron atenuarse.

—Sé lo que vamos a hacer —dijo Leo de pronto—, traeré el coche y saldremos en busca de Carlos.

—Sí, no sabía como pedírtelo, pero date mucha prisa..., mucha prisa, temo por él.

 - 4 -

Leo volvió de sus recuerdos. Las llamas habían palidecido y las brasas, habiendo calentado toda la habitación, por contra dejaban la estancia medio a oscuras. Virginia, a su espalda, revolvía entre los bártulos.

—Voy a hacer café —dijo—, nos ayudará. Y puso la cafetera al fuego.

Fuera había caído una calma blanca y extensa, la noche estaba cerrada pero sin viento. Al tratar de añadir leña al fuego, la cafetera se volcó y le quemó la mano a Virginia. Su mano izquierda. Chilló dolida. El agua apagó parte del fuego y un humo blanco y gris se elevó enturbiando la poca luz. Leo la tomó del brazo, tenía la mano enrojecida y la manga empapada. Cogió una botella de leche y, perforando el precinto de aluminio, derramó el líquido con generosidad sobre la quemadura. La remangó y sentándola en el banco, se dispuso a curarla. Ella gemía llorosa.

—Vamos..., vamos, que no es nada.

Quitó la cafetera del fuego y avivó la lumbre para ver mejor, luego le aplicó una pomada para el caso que encontró en un cajón. Tenía el antebrazo delgado, encarnado. No es que estuviera mal formado, pero siendo tan escurrido y privado de vello, aparecía ciertamente feo, surcado por aquellas venas largas y azules. Ella pareció adivinar sus pensamientos pues se levantó y se hizo atrás mirándole extrañamente. Leo no dijo nada. Estaba bella, su pecho se agitaba, sus caderas reposaban plenas de vida, redondas, complacientes. Se acercó y, levantándole la barbilla, la beso. Tenía los labios fríos, blandos como fruta.

—¡Déjame por favor!

—Ven que te cure —pero el rubor le subió a Leo desde el fondo de su corazón hasta el rostro. ¡Dios Santo!, ¿Cómo se le podía haber ocurrido?

Y mientras la curaba, ella se preguntó las razones de aquel beso, y en su interior luchaba el agrado con la ira. Leo buscó, finalmente, un pañuelo limpio y le envolvió la mano hasta donde pudo.

—Cámbiate de jersey.

Se volvió de espaldas para hacerlo, y Leo se sorprendió a sí mismo observándola: sus brazos desparejados pero en hombros perfectos, las tiras del sujetador sosteniendo su abundante y todavía pecho de adolescente, la espalda blanca y nunca soleada, ahora regada de moretones.

Durante un rato permanecieron callados hasta que el agua del café rompió a hervir. Leo lo repartió. Buscó también la botella de coñac, y entre sorbo y sorbo de café bebió del gollete.

—El jeep está en el cobertizo —dijo de improviso—, ¿dónde puede estar él?

—No lo sé..., ya vendrá.

—Espero que sea pronto, si anda por ahí haciendo el idiota, se helará. ¿Qué hay arriba?

—Los dormitorios.

—Súbete a dormir un poco, yo me quedaré aquí. Quizá sea mejor que yo le hable primero.

—De acuerdo —consintió ella.

—Te acompañaré para ayudarte.

Hacía mucho frío en el piso de arriba. A la luz del farol, la recia cama de la habitación asemejaba un barco, tan gruesos eran sus cabeceros. Una coqueta que no tenía nada de tal y un par de sillas de anea, completaban el mobiliario. Curiosamente, un gran crucifijo de metal dominaba desde la pared toda la estancia. El Cristo era dorado o lo había sido, destacaba en él una caja torácica considerable.

—Te dejaré el farol —dijo Leo cuando hubieron compuesto la cama.

Abajo, se acomodó como bien pudo. En sus manos, la botella descendía de nivel. Tenía tantos pensamientos en la cabeza que no se sentía capaz de combatirlos sin la ayuda del licor. Todavía recordaba la emoción del fugaz beso. Atizó el fuego, pero viendo la escasa provisión de madera, lo hizo con economía, no le sedujo la idea de quedarse sin leña. La botella tocaba a su fin y, sintiéndose ebrio, buscó la manera de acomodarse sin sucumbir al sueño. No resistió mucho, al poco, caída su cabeza a lado, se durmió entre ensueños de color y fugaces despertares cada vez más tenues, hasta que la pesadilla se apoderó completamente de él:

"Virginia y Carlos discutían en el dormitorio, ella, ligeramente enderezada sobre la cama, se tapaba hasta el cuello con el embozo. Carlos, de pie delante de la puerta, hablaba. Leo no entendía lo que decía, pero eran palabras muy duras. Crispado el gesto y encogido sobre sí, Carlos enarbolaba el machete que Virginia le había mostrado en la cocina. Una nube envolvía toda la escena, repentinamente entendió las palabras de Carlos: ¡voy a cortarte ese maldito brazo! Después la escena se perdía en neblinas, pero cuando entrevió de nuevo sus figuras, los vio entregados a un amor salvaje, animal. Entonces oyó un grito, un grito de agonía."

Leo abrió los ojos. Toda la casa estaba en silencio, oscura y callada. Tenía el estómago pesado y con ardores, las latas —se dijo—. Añadió un tronco al fuego y mientras esperaba que se encendiera para calentar café, miró el reloj. Había dormido largo rato, aunque a él le hubiera parecido unos minutos. Sorbió el café con delectación. ¡Qué noche! Estaba todo tan tranquilo, que, siendo las ideas las únicas que conmocionaban su cabeza, tuvo un mal pensamiento. Subió las escaleras y trató de escuchar un signo de vida tras la puerta, ya se iba cuando oyó un sollozo.

—¡Virginia! —exclamó—. ¿Estás bien?

Se abrió la puerta del dormitorio y apareció ella envuelta en una manta. Temblaba.

—Te oí quejarte —dijo Leo.

—Tenía una pesadilla.

—Yo también he tenido una.

—Hace tanto frío...

—Vuelve a la cama.

Y la acompañó hasta el lecho, que estaba revuelto. Virginia se acurrucó como una bola. Leo la arropó, pero ella le pidió que se echara a su lado. Se desprendió de los zapatos y se introdujo entre manta y manta. Ella se estremecía.

—Qué te pasa?

No dijo nada. Al cabo, pareció dormirse, entonces Leo, notándose incomodo se desnudó. Al tratar de introducirse entre las sábanas, Virginia abrió los ojos.

—¿Qué haces?

—Me acuesto.

Sus cuerpos se rozaban por las caderas. Los escalofríos les hicieron volverse de cara y abrazarse. Fue un acto muy natural. Virginia le puso una mano en el pecho y acarició su abundante vello. Leo notaba su respiración en el cuello, cálida y húmeda. Así estuvieron un tiempo, hasta que ella notó que Leo se había excitado, pero aún continuaron sin moverse. Entonces Leo la besó, buscaba la sensación que ya conocía. Tintinearon sus dientes y sus lenguas se buscaron gozosas. Virginia suspiró agitada, su aprieto se hizo más ardiente, deseando el blando contacto de la piel.

—¡Por Dios...!, ¡por Dios! —decía trémula.

Y como presa de algún acceso, se sentó sobre los talones, puso la cabeza entre las rodillas y tendió el brazo izquierdo hacia Leo rozando su boca con su pequeña mano. Apretaba rítmicamente el pubis contra el talón.

Leo no supo reaccionar. Veía como la excitación de Virginia aumentaba por momentos y no sabía cuál era su papel en aquella extraña forma de sexo. Finalmente, Virginia exhaló un largo gemido, y levantando el rostro congestionado gimió:

—¡Pégame!

Leo se apartó sobresaltado. Ella terminó y revolviéndose a un lado, quedó muda y quieta, con las manos entre los muslos. Pasaron los minutos y Leo, despacio, se levantó de la cama.

—¿Dónde vas? —le preguntó ella sin alzar la vista.

—Sólo quería taparte —respondió aspirando el frío aire.

De pié en la habitación, Leo se sorprendió observando el crucifijo. Se sintió incomodó y además se acordó de Carlos.

—Virginia, ¿dónde está Carlos?

Como no respondiera, la tomó de los hombros y la sacudió con vigor.

—¿Dónde está?

—¡Déjame!

—¡Basta de tonterías! ¡Estamos jugando a cosas peligrosas! ¡No sé qué hago aquí...! ¡Voy a perder el juicio entre vosotros dos!

Virginia se enderezó. Tenía el pelo revuelto y el rostro muy colorado, sus senos se agitaron temblorosos a sus palabras:

—¿Qué sabes tú del juicio? ¿Qué sabes tú de la vida y del amor? ¡Tú!, que puedes caminar por la calle mirando a las gentes a la cara. ¿Qué sabes del odio que se ha acumulado en mi cabeza todos estos años? La miseria que he padecido... ¿La razón? ¡Qué pronto se pierde cuando hay que inventarse un mundo para sobrevivir! Yo he tenido mil amantes en la punta de mis dedos... —y extendió la mano al aire—. ¿Qué sabes tú de mi dolor? Del amor que le tuve a Carlos y del abismo en que me ha hundido, un abismo que termina en un pozo de odio, de locura. ¡Es posible que esté loca!, ¿cómo no voy a estarlo?, la cordura es una cualidad de las gentes normales, yo la perdí toda en un momento, un resorte se desprendió de mi mente un día y desde entonces mis pensamientos trabajan por su cuenta. ¿Comprendes?

—¿Comprender? —respondió Leo sin atreverse a expresar ninguno de los muchos pensamientos que le asaltaban—. No sé. Hace un momento te has comportado de forma tan extraña.

—Extraña para ti.

—Es posible... ¿Dónde está Carlos?

—Vaga por el mundo —y abrió sus brazos mostrando el infinito.

—En cuanto amanezca saldré en su búsqueda. Trata de dormir.

 - 5 -

Todo el monte estaba nevado, el coche sólo era un montículo sin forma. No sé cómo saldremos de aquí —se preocupó Leo—. Los pies se le hundían en la nieve al caminar, pero animado por la firme resolución que le impelía, se adentró en la montaña en busca de Carlos. ¿Por dónde empezar?, o mejor, ¿tenía sentido esta búsqueda? De haber pasado la noche al raso estaría muerto, congelado. ¿Pero dónde estaba si no? En la casa no había ni una prenda, ni un rastro de su presencia. Era para inquietarse y lo estaba. Virginia se había quedado en la cama, profundamente dormida, Leo, después de recalentar el café —no pudo ingerir más—, decidió emprender la búsqueda. ¿Qué otra cosa podía hacer?

Los pinos, cubiertos de nieve, parecían sorbetes dormidos, el Sol despuntaba tímidamente sin calentar. Había algunas nubes. Un silencio omnipresente cubría toda la comarca.

Según las horas fueron transcurriendo y la casa quedaba lejos, sus ánimos perdían la fuerza del principio. ¡Tiene que estar en algún sitio! Un refugio de montaña cercano, o una majada escondida en la nieve. Se internó por los bordes de las lomas, buscaba los riachuelos sabiendo que las gentes ponen sus casas en las cercanías. A veces se detenía, asustado, temiendo que la nieve cediese por su peso, los cursos de agua suelen quedar enterrados en las grandes nevadas, y caminar sin conocer el terreno es peligroso. Subió luego a un cercano picacho y a medida que lo hacía, un cansancio infinito le abordaba. Fumo demasiado —se recriminó—. Disponía de pocas fuerzas aquella mañana, como si la noche anterior hubiera hecho mella en su cuerpo. ¿En qué acabará todo esto? —pensaba—. Es curioso, lo fácil que un hombre puede adentrarse en las vidas ajenas, conoces un día a un joven y penetras de lleno en una tragedia familiar. ¡Dios!, qué cosas se esconden en el interior de las gentes, qué secretos inconfesables anidan en cada ser humano, cada casa es una cueva, una caverna de pasiones, grutas de tragedias, de dolor, de humillación y miseria

Se detuvo en una roca helada y encendió un pitillo. Dominaba toda la comarca desde allí, la casa sólo era un puntito lejano más oscuro que el resto del paisaje. No había ni un pueblo a la vista y Carlos seguía invisible. No conseguía imaginárselo de ninguna manera. ¿Qué pensamientos tendría allá dónde se encontrase? Recordó sus palabras en el bar de Berto: "Soy esclavo de la deformidad, de la más bella de las deformidades" ¡Cuán verdad era! Virginia podía seducir a cualquier hombre sensible al patetismo. Y ahora, él se encontraba entremedias del incesto. Si sólo fuera un incesto... Pero la tragedia no se había detenido aquí, ésta necesitaba hacerse dueña por completo de la escena, arrancar la máscara de los actores y deshacer el rostro de sus protagonistas hasta que las muecas de horror fueran tan reales que el drama imperase sobre todo. No podía ser un simple incesto, tenía que ser sórdido, violento, repleto, de locura y desesperación.

¿Cómo reaccionaría Carlos? ¿Se sentirá aliviado por la intromisión?, o por el contrario, ¿se sentirá humillado viendo hacerse pública la horrible relación?, sabiendo que lo más profundo de su alma, sus más bajas pasiones era ahora conocidas.

Se levantó y siguió la ascensión. Cuando llegó a la cumbre no pudo menos que admirar la vista, tan grande extensión de blancura, de nada en definitiva. Carlos no podía haber pasado la noche a la intemperie, no le creyó tan loco. Y en estos pensamientos y al ver el humo que salía por la chimenea de la casa, en su mente se hizo la luz. ¡Cómo no se le había ocurrido antes! Carlos estaba allí desde el principio, en la casa, oculto en algún sitio, no cabía otra posibilidad. Atropellándose, descendió del picacho helado.

Resbaló y rodó un trecho por la nieve, golpeándose con una roca. Al levantarse se sintió mal, la rodilla le sangraba, apenas podía caminar y aún quedaba tanto para llegar... ¡Adelante! —se dijo—, un pié delante de otro, como un soldado. Y caminó cojeando, agarrándose a los árboles que descargaban sobre él la nieve en polvo sobresaltada. Fue una marcha penosa. El frío le entraba por el desgarrón atenazándole los músculos de la pierna herida. ¡Adelante!, ¡adelante! Estaba el Sol en el mediodía cuando alcanzó la explanada desarbolada donde se encontraba la casa, pero ya no podía más. Hubo de detenerse y respirar jadeante. ¡Vamos! —se gritó—. De la chimenea salía un humo de idílica postal. Mentía, la casa mentía, sospechaba que la tragedia se revolcaba en su interior. Llegó al dintel arrastrándose, perdida toda su dignidad de animal superior. La puerta sólo estaba entornada, las llamas crepitaban en la chimenea...

Ella estaba sentada sobre una manta dando la espalda al fuego, los brazos por delante de las rodillas, el pelo revuelto y sucia la cara de ceniza. ¡Tenía el camisón manchado de sangre!, cuajarones de sangre.

—¿Qué ha pasado?

Alzó la vista sin moverse, cerró luego los ojos para hablar, tan terribles le salían las palabras:

—¡Se quería levantar!

—¿Se quería...? ¡¡Quién!!

—Carlos...

—¿Dónde está?

Pero ella se miraba los desnudos pies, pequeños y blancos como de porcelana.

Subió corriendo al dormitorio. Carlos yacía cruzado sobre la tarima, las piernas ocultas bajo el lecho, manchadas sus ropas de sangre. Tenía una gran herida en la frente. Leo se apoyó contra la pared y perdiendo las fuerzas se dejó deslizar hasta caer sentado. Contempló la escena un tiempo, un tiempo muerto, detenido para que el cuadro, amortajado por los minutos, durara una eternidad en un instante. No pudo cerrar los ojos a la visión.

El crucifijo seguía dominando toda presencia, desviado de su vertical. Uno de sus pies estaba roto, de modo que cruzadas sus piernas como es tradicional en estos símbolos, la amputación daba una idea irreal a su pasión.

—¡Puta del infierno! —gritó levantándose repentinamente, sacando Dios sabe de dónde las fuerzas. Apretó los puños y crujieron sus dientes.

Corrió al piso de abajo. Allí seguía ajena a sus gritos, mirando la nieve de fuera, perdida la razón. La zarandeó.

—¿Qué ha pasado...?

—Lo he matado.

Leo se tambaleó. No es posible —murmuraba—. Y abriendo la puerta de par en par apoyó sus manos en el marco y cerró los ojos con fuerza.

—¡Has matado a tu hermano!

Luego se dio la vuelta y agarrándola del pelo la elevó hasta ponerla de pié y la abofeteó con tal violencia que su cabeza se balanceaba inerte. Al soltarla, cayó al suelo quedando quieta sobre las losas. Salió fuera y fue al coche, quitó la nieve de la puerta a manotazos y una vez dentro rebuscó una botella que recordaba. Una botella de J.B. Bebió a grandes tragos. Cada vez que el cuerpo de Carlos le venía a la mente, bebía. Estaba sentado sobre la nieve, la espalda contra el coche, indiferente al frío. Tuvo ganas de llorar.

Mucho tiempo después y temiendo por su propia cordura, se levantó, la botella se derramó al hacerlo, le propinó un puntapié de rabia. Virginia seguía tirada en el mismo sitio.

—¡Vamos, levántate! ¡Te vas a helar!

Viendo que no se movía, la tomó en sus brazos y envolviéndola en una manta la recostó junto al fuego. Tenía una mirada tan perdida que, sintiéndose angustiado, encendió un pitillo y se lo pasó.

—Toma, haz algo.

Era tal su desmadejamiento que apenas pudo sostenerlo sin temblar.

—Quiero saber cómo ha sido, cuéntamelo, porque algo habrá que hacer.

—Él estaba aquí —explicó Virginia. Las palabras le salieron roncas, con un nudo en cada sílaba.

—Sigue.

—Entró por el tejado y se escondió... —calló de nuevo perdiendo el hilo en la duda que la asaltó—.

—¿Qué vamos a hacer, Leo?

No lo sé. ¿Te das cuenta de lo qué ha pasado?

—Apareció de repente esta mañana, yo dormía. Me increpó por haberte traído. Estaba muy excitado y hablamos largo rato. Arrepentido, quería abrazarme, pedirme perdón, pero yo interpreté mal sus intenciones y le empujé fuera de la cama. Entonces se enfureció, resbaló en un pliegue  de la manta y se golpeó con violencia contra el cabecero, perdiendo el conocimiento. No puedo explicarte por qué al verlo tirado e indefenso me acometió tanta ira. El odio acumulado me hizo descolgar el crucifijo y golpearle. Cuando quise reaccionar ya era demasiado tarde. No supe qué hacer, en mi interior necesitaba negar que todo aquello había ocurrido. Pero una extraña sensación me acometió. Todo terminaba así. Carlos salía de mi vida para siempre. Sí, esa fue la mano que me impidió socorrerle cuando poco después le oí gemir. Salí en tu búsqueda, te llamé... Luego avivé el fuego y me senté a esperarte. He reflexionado, creo que debemos marcharnos..., no sé si serán imaginaciones mías, pero creo que hace un rato oí ruidos.

—Entonces, está vivo —musitó Leo, esperanzado.

—No, no... ¡Ruidos metálicos!

—¿Metálicos?, ¿de qué?

—¡No sé!

—¿Has vuelto a subir...?

—¡Esta muerto! Lo comprobé.

—¿Cómo lo sabes?

—¡Es que no lo comprendes! —gritó ella—. ¡Está muerto! —y le agarraba del brazo.

—¿Estás loca? ¡Suéltame!

—Virginia sollozaba, suplicaba para que se fueran.

—¡Vámonos de aquí! ¡Vámonos muy lejos!

—¿Quieres irte sin saber si está vivo?

—Carlos está muerto, te lo aseguro, no respira, lo comprobé. Ya no tengo hermano... —y sollozó—. ¡Estoy sola...!, contigo.

—Leo, sobrecogido por el significado de sus palabras, se quedó helado, una mueca le desfiguraba el rostro.

¡Santo Cielo! —murmuró.

—Leo —dijo Virginia con firmeza—, Carlos ni siquiera podía amarme con normalidad.

—¡Cállate!

—¡No! Debes saberlo todo. Carlos era un enfermo, nunca pudo amarme, me negó hasta eso. Descargaba en mí todas sus frustraciones. Hubo un tiempo en que soñé que algún día podríamos ser verdaderos amantes, pero todo fue de mal en peor. ¡Soy virgen! ¿Me entiendes, Leo? Me tenía atada, encerrada en casa, sin ayuda. Y si al principio nada podía hacer sin él, después impedía que me enfrentara de una vez por todas con mi vida. Nunca le hubiera deseado ningún daño, pero esta mañana algo se rebeló dentro de mí... ¡Tienes que ayudarme!

—Quítate esa ropa y ponte algo limpio —respondió finalmente Leo con alguna determinación—. Voy a subir, después decidiremos.

No se atrevió a tocar el cuerpo de Carlos, pero adivinó que estaba muerto. Algo le llamó la atención: en su mano apretaba todavía una papel arrugado. Lo cogió con mucho cuidado. Una cuartilla con una poesía. ¿Cómo era posible? La guardó en el bolsillo y cerró la puerta. Una profunda melancolía le invadía por momentos.

Abajo, Virginia se había cambiado de ropa. Empaquetaba las cosas. Su cambio de actitud casi le molestó. Salieron fuera y lo metieron todo en el coche. Les costó arrancar. Pero unos metros después las ruedas patinaron y no hubo manera de seguir. Leo fue al cobertizo con la intención de sacar el jeep y remolcar el deportivo. Vio con horror nuevas rodaduras que salían del portón. El candado estaba abierto, dentro no había nada. Oleadas de pánico le sacudieron, corrió al auto.

—¡El jeep no está!

—No...

—¿Pero cómo...? ¿Cuándo lo ha sacado?

—¡Vámonos! —pidió Virginia.

El miedo les hacía palidecer, se veían presos de alguna maldición, o de lo que era peor, de testigos, de policías.

—¡Leo!, ¡vámonos!

—¡Y cómo quieres...! ¡Esto no se mueve! —respondió irritado.

—Inténtalo de nuevo.

Regresó al cobertizo, había visto unas tablas, al cogerlas reparó en un bidón de cinco litros. Lo olisqueó. Era gasóleo. Una idea le vino a la cabeza. Le llevó una hora sacar el coche al camino. Una hora de nervios y fugaces miradas a los alrededores.

—Espérame en coche —le dijo a Virginia y sin escuchar sus protestas regresó al cobertizo. Cogió el combustible y roció toda casa, aunque no se atrevió a entrar en el dormitorio donde yacía Carlos. El fuego tardó en coger tiro, pero cuando lo hizo se sintió actor de una tragedia casi comparable a la de "El hundimiento de la casa Usher". Y bien cierto es que tal idea no le había nacido espontáneamente, sino que, dado su carácter romántico, repetía en la realidad lo que creía el final de una tragedia de la que era espectador cómplice. La casa ardió como una tea. Funeral y aniquilación de un joven maldito, iluminando la tarde de grana y humo.

Ella no dijo nada pero sus ojos expresaban el estupor que la acción de Leo le producía. Allí se convertía en cenizas su pasado, alguna vez feliz y siempre mórbido.

Leo metió todo el gas y retomando la comarcal huyeron apurando al máximo las endiabladas curvas. ¡Qué distinto se les hacía el camino de cuando llegaron!

Durante horas no se cruzaron una palabra, cada uno tenía sus propios pensamientos. Finalmente Leo habló:

—Me hubiera gustado hablar con él. Simplemente hablar con él. Para eso vine aquí.

—¿Dónde vamos?

Leo la miro colérico.

—A Portugal. Al Algarbe. Es uno de los sitios dónde voy cuando huyo de algo.

—¡Qué todo salga bien!

—A veces me sorprendes —exclamó Leo sin poder contenerse—. ¡Qué todo salga bien...!

—No me acuses, por favor —le pidió—. Lo único que he hecho ha sido defenderme. Por primera vez en mi vida.

—¿Tanto le odiabas?

—No lo sé. Fue una reacción instintiva, me enfureció que quisiera tocarme...

Leo resopló y golpeó el volante con las manos. Ella se recostó contra el reposa-cabezas y siguió:

—No se que va a ser de mí. No lo sé, pero hay algo que sí sé: tengo que huir de todo esto. Porque hasta ahora mi vida sólo ha sido un pozo del que nunca vislumbré escapatoria...

Leo la interrumpió:

—Tenía un papel en la mano. Unos versos que no sé cuándo pudo escribir. Toma, léelos —y se los dio con cierta brusquedad.

Virginia no quería, la insistencia de Leo le ponía nerviosa.

—Léelos, serán su epitafio.

—¡No! ¡Ya sé lo que dice en sus poesías!

—Pero yo no. Léelos.

Así lo hizo, con voz firme pero engañosa, mientras los árboles se disparaban a los lados y las nubes se ceñían amenazadoras:

Cae la noche mi aliada
las sombras se han sedimentado
del día luminoso, pero amortajado
desciende el manto a mi querencia
y el corazón me brinca, palpitando
buscando tu calor mi bien amada.

Yace mi fortuna enterrada
el mismo día que nací,
avisos no dan de este percance
los cielos giran, no obstante,
cambiando el curso a su placer

Mías son las desventuras
que no puedo revelarte
sabrías entonces quién soy yo:
alma perdida en la amargura,
ser maldito y castigado.

¿Quién tuvo mi espíritu en otra vida?
¿Qué pecador ignominioso
hizo de mi carne una tragedia
robándome el poder, la esencia
que tu deseas entre tus piernas?

Densa es la oscuridad de mi pesar
tanto, como tu eres nova deslumbrante.
¿A quién pedir razones de mí mismo,
si soy eterno caminante
en la pena de no saber amar?

Estrellas son las que murmuran
falsos cielos en la altura
falsos dioses que agonizan
y solo Iblis me procura
el único consuelo, amada mía.

Nada dijeron. Leo hubiera esperado reflejarse alguna emoción en su rostro, al menos un poco de la que a él le embargaba. Pero Virginia, fruncido  el ceño y la mirada caída, bajo el cristal de la ventanilla y dejó que el aire se llevará el papel.

—¿Por qué lo has hecho?, me apetecía conservarlo.

Ella no dijo nada.

—¡Dios! Debajo de esa apariencia de debilidad se esconde un carácter duro como una roca. ¡Qué digo carácter! ¡Una determinación! Me cuesta comprenderte Virginia, créete que a cada paso que doy contigo más me sorprendo. Quizá sea lógico después de lo que me has contado, pero no deja de preocuparme.